domingo, 5 de junio de 2011

2-2

Anoche me tumbé en la cama y me quede un rato mirando el cielo por la ventana. Pensé en miles de cosas: qué me gustaría hacer, en todo lo que he cambiado a lo largo de estos años, en el futuro, en lo que vendrá y lo que se fue ya, y como no... no podía faltar tu imagen en mi cabeza. ¿Por qué? no lo sé. Tal vez porque al fin y al cabo no puedo negar las evidencias y lo que me pasa contigo parece estar más claro de lo que creía.
Porque me paso la semana mirando la luna, soñando despierta, deseando que llegue ese viernes por la noche, ese que se hace de rogar. Porque aunque se acabe el mundo al día siguiente, no puedo quitarme la sonrisa de la cara si estás cerca. Porque esa misma sonrisa es la que me sale en mitad de una clase cuando pienso en ti, cuando hablo de ti a alguien y la que me hace olvidarme de los problemas. Porque en mi cuento, mi historia, es tu cara la que aparece, con la que me duermo cada noche y despierto cada mañana. Porque sin que tu lo sepas te observo mientras hablas, mientras te mueves, mientras respiras. Todo esto para que después, cuando llega ese viernes, no exista. Pero no puedo enfadarme, ni pasarme los días llorando. 
Y ahora viene la famosa pregunta, ¿A quien se le debe hacer caso?, ¿A la cabeza o al corazón?, ¿A los sentimientos o a la razón?, ¿Debemos bajar de las nubes y afrontar la realidad? No lo sé. De momento en mi guerra interior vamos dos a dos.

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